Esto es a Raiz del terrorismo de Estados Unidos,
el 11 de Setiembre de 2001.

Reflexionemos
(¿Religión?, ¿Creencias? ¿Discrepancia?)

T o l e r a n c i a

La tolerancia es una buena piedra angular sobre la cual construir las relaciones humanas. Cuando uno observa la matanza y le sufrimiento causados por la intolerancia religiosa a lo largo de toda la historia humana, hasta los tiempos modernos, podemos ver que la intolerancia es una actitud que va muy en contra de la supervivencia. La tolerancia religiosa no significa que uno no pueda expresar sus propias creencias. Pero sí significa que tratar de minar o atacar la fe y las creencias religiosas de los demás, ha sido siempre el camino más corto para crearse dificultades. Los filósofos, desde los tiempos de la antigua Grecia, han discutido unos con otros acerca de la naturaleza de Dios, el hombre y el universo. Las opiniones de los expertos en esos temas van y vienen. Precisamente ahora las filosofías del "mecanicismo" y del "materialismo", que se remontan a la época de Egipto y Grecia, están de moda: estas filosofías tratan de sostener que todo es materia, pero aun cuando sus explicaciones sobre la evolución puedan ser muy claras, pasan por alto que ellas no excluyen la existencias de valores adicionales que pudieran estar en juego y que simplemente están haciendo uso de procesos como la evolución. Estas son hoy por hoy las filosofías "oficiales", y se enseñan incluso en las escuelas. Tienen sus propios fanáticos que atacan las creencias y las religiones de otros: el resultado puede ser la intolerancia y la contienda. Si todas las mentes más brillantes desde el siglo V a. de C., o desde antes, no han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre el tema de la religión o la antireligión, es esta un zona de combate entre la gente la cual uno haría bien en mantenerse alejado. En este mar de contiendas ha emergido un principio brillante: EL DERECHO A CREER EN LO QUE UNO ESCOJA. La "fe" y la "creencia" no se someten necesariamente a la lógica: ni siquiera pueden ser declaradas ilógicas. Pueden ser cosas totalmente aparte. Cualquier consejo que uno pueda darle a otro en esta materia es más seguro cuando simplemente reafirma el derecho a creer lo que uno quiera. Uno está en libertad de sostener sus propias creencias en busca de aceptación. Uno corre riesgos cuando busca atacar las creencias de otros, y mucho más cuando se ataca y se intenta hacer daño a otros a causa de sus convicciones religiosas. El hombre, desde el albor de la especie, ha encontrado gran consuelo y gozo en sus religiones. Aun el "mecanicista" y el "materialista" de hoy, al difundir su dogma, se parecen mucho a los sacerdotes de antaño. Los hombres, sin fe, son un grupo lastimoso. Incluso, se les puede dar algo en qué tener fe. Pero cuando tienen creencias religiosas, respétalas. EL CAMINO A LA FELICIDAD PUEDE VOLVERSE UNA CONTIENDA CUANDO UNO DEJA DE RESPETAR LAS CREENCIAS RELIGIOSAS DE OTROS.

Gracias a Diana Cárdenas

Luis F. Aguilar
La política politeísta

Seguramente seguimos atribulados por un cúmulo de preguntas y perplejidades una semana después de la caída de las torres gemelas de Manhattan y los miles de muertos bajo los escombros. De donde haya venido, el ataque fue al corazón de nuestra manera secularizada, "politeísta", de entender la vida en sociedad y la política. Sacudió supuestos, imágenes y expectativas de convivencia y logró acaso dañarlas que no derribarlas. El ataque cimbró también el edificio conceptual que nos llevó años construir en México para reordenar y reactivar al Estado en un sentido liberal y democrático. Nos llevó años quitarle sentido y atractivo a la revolución, con sus imágenes violentas de sangre y fuego, sus maniqueísmos y sus implacables proyectos de sociedad homogénea, y lograr que la democracia despertara socialmente confianza y se presentara como la forma de gobierno que tiene la capacidad de conciliar las divergencias políticas. Nos llevó también mucho tiempo abandonar la idea belicista y aldeana de la política, realizada bajo el principio Amigo-Enemigo, que se desenvuelve como enemistad irreconciliable, como eliminación del adversario, y sustituirla poco a poco con la idea civilizada de aceptación de la pluralidad y la inclusión social como los atributos del buen gobierno. Nos costó asimismo mucho tiempo demoler libre y pacíficamente un sistema político compacto, una misma idea de país, un mismo proyecto de nación, para que de golpe, bajo los golpes del terror, se nos reproponga a escala mundial el monoteísmo en política y resuciten formas teocráticas de convivencia y mando. En esta semana cada uno elaboró mentalmente los hechos de manera diferente, según sus perspectivas. Mi reflexión empezó pero no se adentró por los caminos de la explicación del ataque: ¿se trata de una brutal venganza para ajustar cuentas con una política norteamericana inconsistente o unilateral en el Medio Oriente?, ¿se trata del renacimiento monstruoso del terrorismo como la manera de proceder de quien cree tener toda la razón, no está dispuesto en lo absoluto a hacer la mínima concesión a su real o imaginado adversario y juzga que lo conducente es infligirle el más grande daño, con el fin de intimidarlo y obligarlo a ceder sin más, sin concertaciones y arreglos? Mis preguntas se encaminaron más bien hacia lo que ese acto criminal en su notoriedad manifestaba, a su idea expresa de cómo se resuelven los conflictos sociales y, en el fondo, a su idea de la política. En la vida social, como en nuestra vida personal, los golpes que nos derriban representan una ocasión para recordar, rescatar y refrendar lo básico, los fundamentos. Y lo básico en la política moderna, en la occidental, es que la forma de organización social que llamamos Estado apareció a consecuencia de que la religión (la cristiana), una vez fracturada su fe en varias interpretaciones, mostró su incapacidad de crear orden, paz y prosperidad social. El tiempo moderno occidental es causa y efecto del hecho de que la norma religiosa dejó de ser factor de orden social y fue origen de conflicto, anomia y violencia. Las interminables y destructivas guerras de religión condujeron a crear el "dios mortal", como Hobbes llamó al Estado moderno, criatura humana que se coloca más allá de las confesiones religiosas, secular, mundana, ocupada de los asuntos terrenales de sus ciudadanos e indiferente a sus vocaciones trascendentes, pero con el poder suficiente para obligar a la coexistencia a las religiones y para reordenar la convivencia con base en los derechos y obligaciones de las personas y ya no en sus convicciones religiosas con sus fórmulas obligatorias acerca de lo que debe ser la sociedad, sin excepción y sin duda. El orden social que toda religión puede construir pende del hilo de que todos en esa sociedad confiesen una misma y sola fe, compartan una misma ley moral, obedezcan a una misma jerarquía de mando. Es un orden que no se sustenta en contratos y pactos revisables entre personas libres sino que ancla en leyes sagradas, incuestionables y vinculantes. El orden social de la religión es un orden integral, completo y unitario, que se le acepta o se le rechaza por entero, en el que no hay lugar para el reconocimiento de opciones diferentes de vida y pensamiento y en el que la voluntad de diferencia es provocación e infidelidad. Cuando se rompe el hilo unificador sea por motivos religiosos o por cuestionamientos a la religión misma, la sociedad no sólo se divide sino que se enfrenta irremediablemente, pues no hay posibilidad de conciliación entre verdades y obligaciones absolutas, que descansan en la palabra irrefutable de Dios, o no hay posibilidad de aceptar a quien profana la verdad religiosa al contradecirla. Por ello el monoteísmo no encaja en la política moderna de ciudadanos libres ni en la economía de libres intercambios ni en el orden internacional de soberanías estatales. En particular, el monoteísmo no tiene nada que hacer en la sociedad moderna cuando se vuelve teocracia que puede implantar su orden social sólo con el esquema excluyente del Amigo-Enemigo. Lo que entendió, produjo y sustenta la modernidad occidental es la necesidad de romper con toda forma de teocracia. Weber lo llamó "politeísmo" para significar que desarrollamos nuestras vidas con referencia a muchas otras normas (científicas, tecnológicas, económicas, jurídicas...) no reducibles a las religiosas y que la política es el terreno donde los ciudadanos pugnan por realizar socialmente sus diversos valores últimos, "sus dioses y demonios". A la Iglesia Católica llevó siglos entender y aceptar el orden social moderno sin monoteísmo y tal vez por ello mantiene su significación social. Lo ominoso del colapso de hace una semana consistiría en el encumbramiento de una visión monoteísta de la política. No tiene por qué plantearse el futuro inmediato en términos de un choque entre civilizaciones, una contienda entre el Occidente y el Islam, que por cierto ha dado origen y soporte a formas estatales no teocráticas, a estados no islámicos. Pero sí se trata de dar una lucha incansable y cerrada de razones contra toda forma de hacer política interna y exterior desde monoteísmos, que son por naturaleza integristas, beligerantes e intolerantes. Y esta lucha va dada en México, Estados Unidos, Afganistán, Pakistán o en cualquier otro país, contra sus monoteísmos ideológicos o teocráticos. Por eso preocupa que emerjan órdenes sociales construidos y vigilados por consejos de clérigos, mullahs, escuelas coránicas, estudiantes de teología, guerras santas, con sus Satanes preferidos. La teocracia no es civilizatoria. Creo que éste es un punto de no retorno. "El destino de nuestro tiempo, racionalizado, intelectualizado y sobre todo desmitificador del mundo es el que los valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública y se han retirado al terreno ultraterreno de la vida mística o bien a la fraternidad de las relaciones entre las personas". Weber, de nuevo.

Gracias a Maria del Carmen
Mexico

Sergio Sarmiento:
Jaque Mate En nombre de Dios

"Si el hombre está hecho a semejanza de Dios, o Dios a semejanza del hombre, ¿qué pasa con Dios cuando el hombre muere?" Jaime Sabines Quizá lo que más me aterra del conflicto que parece surgir de los ataques a Estados Unidos del pasado 11 de septiembre es que las dos partes afirman estar actuando en nombre de Dios. Pero si algo nos dice la historia es que las guerras y los crímenes cometidos en nombre de Dios son de una intensidad, duración y crueldad que difícilmente igualan otros conflictos. Desde hace ya muchos años los fundamentalistas islámicos han conducido sus ataques contra Israel y los Estados Unidos en el nombre de Dios. Los ayuda el hecho de que el Islam concibe una guerra santa, la yihad, y postula un paraíso -de placeres incluso terrenales- para quienes mueren "en el camino de Alá". Hay distintas interpretaciones sobre si la yihad es una guerra de defensa de la fe o de agresión contra los infieles. El Corán dice: "Y combatidlos hasta que no haya más persecución y todas las religiones sean para Alá" (8:39). La primera frase, que habla de "la persecución" de los muslimes o musulmanes, sugiere la primera interpretación, pero la segunda, que "todas las religiones sean para Alá", parece llevar a la segunda. Más adelante, sin embargo, el libro sagrado del Islam establece: "Y si se inclinan hacia la paz, inclínate tú también hacia ella, y confía en Alá" (8:61). En distintos puntos del Corán, por otra parte, se dice: "No hay obligación en la religión". En el Antiguo Testamento de la Biblia encontramos una tradición de represalia ante las agresiones: la ley del talión, el "ojo por ojo, diente por diente". Pero el Nuevo Testamento introduce los elementos del amor universal y del perdón: el "amaos los unos a los otros" y el ofrecer la otra mejilla después de un golpe. Estos preceptos, sin embargo, no impidieron que los países cristianos emprendieran durante siglos acciones de guerra en el nombre de Dios. Las cruzadas de los siglos XII y XIII fueron acciones ofensivas en las que los cristianos mataban sin piedad a hombres, mujeres y niños (hoy Osama bin Laden se refiere a los soldados estadounidenses en Arabia Saudita como "cruzados"). La reconquista española contra los moros, que culminó en 1492, se llevó a cabo también a sangre y fuego. Más tarde vino la conquista de América, en que la población indígena fue sometida y diezmada bajo la excusa de convertirla al cristianismo, y las guerras de religión, en las que católicos y protestantes europeos se mataron entre sí durante siglos en el nombre de Dios. Los tiempos de tolerancia religiosa han permitido el florecimiento de culturas prósperas y avanzadas. En la Grecia clásica se daba por hecho que todos los pueblos tenían sus propios dioses que había que respetar. Alejandro Magno aceptó e incluso adoptó las creencias de los países de oriente que conquistó. El momento de mayor esplendor del Imperio Romano tuvo lugar cuando la religión pagana tradicional convivió pacíficamente con otras formas de fe. El cristianismo tuvo su mayor esplendor cuando debió convencer y convertir desde una posición minoritaria, y en cambio se anquilosó cuando se alió con el poder terrenal para imponer su visión. Uno de los momentos de mayor esplendor cultural de la humanidad tuvo lugar en la España andalusí de los siglos IX al XV en la que convivieron en paz musulmanes, cristianos y judíos dentro de lo que Ikram Antaki llamó el "espíritu de Córdoba". Desde el primer día de los atentados contra Estados Unidos quedó en claro que estamos presenciando una nueva guerra religiosa. Quizá sea un error pensar que ésta surgió súbitamente el 11 de septiembre. Desde hace años un grupo de fundamentalistas islámicos ha combatido una guerra contra Israel y los Estados Unidos; los atentados de Nueva York y Washington son simplemente el capítulo más violento. Todo parece indicar que los terroristas del 11 de septiembre realizaron sus acciones suicidas "en el camino de Alá" con la intención de redimirse y alcanzar el paraíso al morir en la causa del Islam. Pero también el presidente estadounidense, George Bush, ha respondido invocando a Dios y definiendo la guerra como una lucha entre el bien y el mal. Esto es precisamente lo que me preocupa. Las guerras por territorio o por ganancias económicas se ven limitadas de manera natural por su objetivo. Las que supuestamente enfrentan al bien y al mal se pelean hasta la aniquilación del enemigo. Y en este conflicto, que aparentemente apenas empieza pero que en realidad lleva ya tiempo, las dos partes se ven a sí mismas como la personificación del bien frente a un enemigo que representa el mal.

A través de este conven quería pedirles que abramos nuestro circulo
y entre todos decir este pequeño hechizo para que logremos la Paz del mundo
(Repitamoslo 2 veces) :

"Por los podres que nos concede Dios
que con la Tierra, Aire, Fuego y Agua son
que con estas palabras de bendición
ayudemos a las personas con poder de desición
a no cometer errores y comenzar una guerra sin razón."


QUE ASI SEA
QUE ASI SEA
QUE ASI SEA

Gracias a Cernunnos

Magicas Bendiciones,